Inti Raymi: En Cotacachi las tradiciones ancestrales vencieron el miedo a la muerte

Eran las 05:30 de la mañana del miércoles 23 de junio. A esas horas, los gritos de los vendedores de boletos para los diferentes destinos del país inundaban el terminal de Carcelén, ubicado al norte de Quito. “A Guayaquil, a Guayaquil; al Carchi, al Carchi; a Santo Domingo, a Santo Domingo; a la Latacunga, a Latacunga, a Latacunga; a Napo, a Napo, a Otavalo, a Otavalo, a Otavalo”, gritaban, al mismo tiempo.

Aunque había escasos pasajeros para todos, como casi es costumbre a esas horas de la mañana, un número importante se encolumnaba para tomar los buses a Otavalo (Imbabura), entre ellos, extranjeros de varios países de Europa. Todos colocados una o dos mascarillas, de varios diseños y colores, para protegerse de la covid 19.

Al preguntar la razón por la que había decenas de personas viajando a Otavalo, y aunque ya se lo sabía, todos respondían emocionados lo mismo, por el Inti Raymi, que es la fiesta milenaria con la que los pueblos andinos agradecen al dios sol por las cosechas. Solo Ana Tendelema, una habitante de la comunidad indígena de Peguche, dijo de forma pesimista que este año no sería lo mismo debido a la pandemia.

“Hoy es el propio día, pero las autoridades han declarado toque de queda para que la gente no salga a bailar y ni a la toma de la Plaza Central de Cotacachi donde es lo más fuerte, para que no haya contagios, comentó mientras limpiaba con un pañuelo rojo su hermosa vestimenta tradicional de pueblo otavaleño.

Durante el viaje de más de una hora y media de Quito a Otavalo, hermosos paisajes se pintaban a la vista de los viajeros. Primero y sin nubes se presentó el majestuoso nevado Cayambe que, por su blanco perpetuo, despertó el interés de los extranjeros que no dejaban de tomar fotografías, mientras los nacionales seguían durmiendo sin problemas.

Al llegar al sector de El Cajas, límite entre las provincias de Pichincha e Imbabura, se mostraba el taita Imbabura, una enorme montaña de la cual toma su nombre esa provincia del norte del país, que también es conocida como la provincia de Los Lagos, ya que en su territorio se encuentran 23 de estos grandes depósitos de agua, según el Ministerio de Ambiente, Agua y Transición  Ecológica.

Al llegar al terminal de Otavalo los visitantes, sin mucha demora y en conjunto, acudieron a la parada de los buses que llevan a las personas a la población de Cotacachi, ubicada a 15 minutos de ese lugar. Antes de subirse varios acudieron a lavarse las manos, como medida de prevención para no contagiarse del virus mortal que está de moda. Esto pese a que todos o la gran mayoría llevaba botellitas de alcohol, en líquido o gel.

Rosa Quichimbo, propietaria de un puesto de empanadas de viento con café, contó que “los visitantes siguen llegando, pero tienen que estar solo hasta las dos de la tarde porque de ahí en adelante es el toque de queda y toda la gente de Cotacachi debe entrar a sus casas sino los policías y militares les llevarán a la cárcel”.

Sin mucho temor y asombro por las palabras de doña Rosa, los turistas se subieron al bus y se dirigieron a Cotacachi para ser testigos de un nuevo período de fiestas. Durante el camino que fue amenizado con música propia de este lugar ecuatoriano emitido por una emisora local, los turistas expresaban alegría en sus rostros y como que ya comenzaban a vivir la festividad.

Aureliano Tinkc, de Francia, entre risas, contó que era la primera vez que vería la fiesta del Inty Raymi en vivo y en directo, ya que había leído mucho sobre estas fiestas. “Estoy de visita en Ecuador desde hace dos semanas. Hemos visitado muchos lugares hermosos, pero hoy conoceremos estas fiestas que dicen que son muy bonitas porque se hacen cosas que se hacían desde hace mucho tiempo. Es bueno ver que estas personas conserven sus costumbres ante todo y que ni la pandemia los detenga”, manifestó.

Al llegar a la plaza central, principal escenario de esta ceremonia ancestral, los habitantes que deambulaban por las calles aledañas informaron a los recién llegados  que, por la covid, las actividades se estaban desarrollando en las diferentes comunidades y que no habría toma de la plaza este año, ya que se quería evitar aglomeraciones que produzcan un repunte de contagios de la enfermedad en esta zona del país.

Una de las comunidades más alegres y que siempre tienen el protagonismo es la de “La Calera” aquí, según dijeron, “los bailes comenzaron el fin de semana anterior y seguirán por todo el mes y hasta que el dios sol esté contento con las ofrendas y mejore las cosechas del próximo año para el beneficio de los pobladores”.

Habidos de aventura, los turistas sin perder mucho tiempo se dirigieron, preguntando su ubicación y por separado, hacia esa comunidad. Una vez en el sitio, no era difícil encontrar a los danzantes ya que la música creada por las flautas de carrizo, las guitarras y las armónicas, con el sonido grave de tradicional churo, inundaban las calles de ese lugar, cuya característica principal, era tener casas modestas y con plantaciones de fréjol, papas pero sobre todo maíz. Como cuadro de fondo el volcán Cotacachi que, al igual que el Cayambe, ese día estaban repletos de nieve en su cumbre, lo que hacía más hermosa el óleo natural.

Uno de los principales dirigentes de la comunidad que, por temor a represalias de las autoridades prefirió reserva de su identidad, contó que los danzantes de La Calera estaban despiertos desde las 03h00, ya que a esa hora fueron a la cascada de la zona para realizarse el baño de purificación y ser parte de aquellos que harían las ofrendas al sol zapateando (danzando) durante todo el día.

“El baño es el ritual de iniciación para los danzantes. Una vez que se bañan se ponen el zamarro, el sombrero y comienzan a pasar casa por casa. Ahora se pidió que usen mascarillas pero no todos hacen caso. Danzan en forma circular por uno 15 a 20 minutos en cada hogar y los dueños reparten a todos, a ellos y a los que acompañan, papas cocinadas peladas o con cáscara, choclos, tostado, queso y los que tienen dan cuy. Para tomar no falta la chicha y trago hecho de caña de azúcar”, comentó el dirigente mientras tomaba un sorbo de la bebida milenaria producida con el maíz.

Desde que los turistas llegaron a la comunidad, hasta el mediodía el grupo de danzantes compuesto por más de 400 miembros ya había visitado, por lo menos unas 20 casas. En todas ellas bailaron circularmente, comieron y bebieron en un ambiente de fraternidad y amistad.

“Los enfrentamientos entre los jóvenes de las comunidades se dan cuando quieren ganar la plaza de Cotacachi. Acá no porque todos somos de la misma comunidad y de los diferentes barrios. Solo vamos a llegar a la plaza central y ahí comeremos lo que hayan preparado las mujeres, luego saldremos nuevamente para visitar las casas de todos los vecinos que pidieron que vayamos. Así estaremos hasta las 11 o 12 de la noche y mañana otro grupo o los mismos si quieren seguiremos visitando otros barrios”, dice Luis, quien estaba encargado de repartir las bebidas.

Tal como lo había dicho Luis, al mediodía los danzantes entre ellos: niños y niñas, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, turistas y nativos danzaron hasta llegar a la plaza del centro de la comunidad. Ahí varias mujeres que habían cocinado papas, huevos duros comenzaron a repartir la comida que era acompañada con un pedazo de queso fresco y cuy. También las más jóvenes habían colocado carpas para vender otro tipo de comidas a los turistas que no gusten su comida típica, en estas fechas.

Pese a que los alimentos alcanzaban para todos los danzantes y  visitantes, también varias mujeres, con sus hijos e hijas, llegaron a la plaza en búsqueda de sus esposos. Una vez localizados todos se sentaban alrededor de ollas de alimentos que habían preparado exclusivamente para los suyos. “A esto le llamamos pamba– mesa familiar. Alrededor de ella nos sentamos solo la familia o los más cercanos y solo si invitamos, algún vecino o turista”, dijo una de ellas, entre risas.

Mientras la comunidad se alimentaba y volvían las fuerzas para seguir danzando, varios grupos musicales deleitaban a los visitantes y los comuneros con sus interpretaciones. Esto mientras se decían y hacían toda clase de bromas lo que volvía más  divertida la actividad. No fue raro ver a hermosas mujeres indígenas que, junto a sus novios o maridos, bailaban alegremente en forma circular en diferentes partes de la plaza del pueblo.

Terminado el almuerzo y con los ánimos repuestos, uno a uno los y las danzantes se reunieron en la cancha principal de ecuavóley. Inicialmente, y por varios minutos, danzaron alrededor de este lugar. “Estamos recibiendo las fuerzas del sol para seguir con las fiestas”, dijo Fernando Chusqui, uno de los más participativos en la ceremonia.

Una vez que se reunieron, un gran grupo, los danzantes avanzaron alegremente, entre carcajadas e inundante música folclórica, hacia las viviendas de la parte superior de la comunidad. En su camino, como es característico, entraban a las casas de sus vecinos quienes entregaban botellas de licor y chicha para que sea repartidas entre los acompañantes.

La danza, música, risas y la alegría abundantes prosiguieron, con la misma fuerza y belleza, hasta entradas las 22h00, cuando la bebida hizo presa de los protagonistas y les obligó a descansar. Sin embargo, las personas que quedaron, entre ellos, los turistas europeos y nacionales fueron invitados al hogar del presidente de la comunidad donde la fiesta continúo por varias horas más.

Este año, a causa de la pandemia, no estaba programado que los danzantes de las diferentes comunidades de Cotacachi acudan a la plaza central de esa cuidad de la provincia de Imbabura para realizar el rito de la toma de este emblemático lugar, pero la tradición venció al miedo, a la muerte, más pudieron estas tradiciones que hacen único a este lugar y pueblo en el mundo.