‘Aprobar el código financiero será una lucha política tenaz’
Rafael Correa no tiene este año propósitos explícitos como los tres que se impuso en 2013 y que pudo cumplir: ganar en primera vuelta, ascender al Cotopaxi y ver a Emelec campeón. Ahora su objetivo inmediato es ganar las elecciones del 23 de febrero con la lista 35.
El economista y catedrático ha ganado una enorme experiencia en el conocimiento de su país: no hay rincón o proyecto en marcha que no pase por su mente, incluso las cifras de sus costos y sus ventajas sociales. Por ejemplo, el martes pasado, tras escuchar a los técnicos cómo avanza el puerto artesanal de Esmeraldas, preguntó a quienes le rodeaban si se había previsto construir ahí una guardería para atender a las familias de casi tres mil pescadores. O más tarde, ya en las instalaciones del nuevo aeropuerto esmeraldeño Coronel Carlos Concha Torres, solicitó datos sobre pasajeros, costos e inmediatamente hizo cálculos y propuso salidas y/o rectificaciones.
El Mandatario retiene en la mente los datos y cifras de casi todos los proyectos que ha emprendido.
Cada visita suya a cualquier rincón del país provoca la movilización de personas y organizaciones. Todos quieren hablar, proponerle algo o criticar la gestión de algún funcionario, pero él sabe a qué va y el tiempo es su mayor tesoro. De ahí que su equipo cercano calcule cronometradamente traslado, estancia, discurso y movilización general.
Subido en el avión, no pierde tiempo para sugerirme ver el avance de la carretera hacia el aeropuerto de Quito o para preguntarle a su ministra de Transporte y Obras Públicas, María de los Ángeles Duarte, qué pasó y cuánto se redujo el costo de la obra por un cambio hecho para evitar un paso complejo.
Así como tiene el mapa de obras del país, también en su mente están guardadas las acciones y palabras de la oposición, de la prensa y de algunos analistas y editorialistas. En su lógica política es evidente que no deja espacio para la mentira, la tergiversación o el dato equivocado que sirve para distorsionar su gestión o a su persona.
Se niega a reconocerse como político en la definición tradicional. Sin embargo, lleva dentro y se manifiesta ese político por excelencia: genera política, pone a debatir a sus contradictores, administra las diferencias de sus ministros hasta donde tengan opción de resolverlas sin su presencia, da tips a los candidatos a las alcaldías y prefecturas para sus discursos y es pedagógico con la gente en cada exposición.
La entrevista fue realizada el martes 14 de enero en Quito y Esmeraldas.
Al revisar las fotos de hace siete años, hay imágenes que prueban el paso del tiempo y los cambios ocurridos en el país por donde ha pasado la Revolución Ciudadana. Y en particular, esas imágenes revelan a un Rafael Correa ya maduro y adusto, más reacio a la palabra o al halago fácil. Su intensidad laboral, su tensión política con la oposición y la presión con su gabinete construyen el perfil del presidente futuro cuando deje Carondelet en el 2017.
No piensa en la reelección. Cuando se le consulta sus ojos miran de frente y no evade el tema para pasar a otro porque ya le parece que ha dicho suficiente estos años. Y tampoco deja de lado el humor, a veces ácido, que le provoca a sí mismo risas incontenibles. Explota su capacidad para poner un apodo o para señalar un defecto.
En otras palabras, durante estos siete años (número paradigmático para muchos y en especial para los cartománticos) el presidente Rafael Correa sabe de su liderazgo y de su capacidad para incidir en cada aspecto, pero se le nota también, a ratos, frustrado porque no todo sale a tiempo y porque cree que debería haber mejores políticos en la oposición para cambiar el Ecuador.(El Telègrafo)
